SOMBRAS EN MI CAVERNA

Blog personal de sancheztowers

Lo que a mí me parece es que lo que dentro de lo cognoscible se ve al final es la Idea del Bien ... que es necesario tenerla en vista para poder obrar con sabiduría. Platón

El premio

Escrito por sancheztowers 19-08-2016 en política. Comentarios (0)

Cuatro amigos se fueron de copas y al final de la tarde pidieron la cuenta. «Son 100 euros», les dijo el camarero. Todos ellos se echaron mano a la cartera y contaron el dinero que llevaban: Marian tenía 35 euros, Peter llevaba 27, Paul sumaba 23 y Al sólo disponía de 15. Cuando pagaron y el camarero imprimió el ticket les sorprendió anunciándoles que había resultado premiado con un viaje de una semana con todos los gastos pagados para cuatro personas, pero disponían de 24 horas para decidir destino y fechas. Las condiciones del sorteo exigían que en caso de ticket compartido, la decisión debía tomarse por mayoría de dinero aportado para pagarlo; bien por mayoría absoluta de dinero pagado, bien por mayoría simple sin una mayoría absoluta que se opusiera.

Tras varias horas discutiendo, el viaje continuaba sin estar adjudicado. Marian y Al querían destinos distintos, pero a ambos les tiraban las playas del Caribe; Peter y Paul tampoco coincidían en el destino, aunque sí en su predilección por visitar ciudades del este. Así que no había forma de llegar a un acuerdo, ni siquiera agrupándose por parejas afines por destino. Entre Marian y Al sumaban 50 euros, lo mismo que entre Peter y Paul, por lo que necesitaban que alguno cediese y no se opusiera al destino acordado por otros dos. Sin embargo, Peter y Paul odiaban la playa y de ninguna manera estaban dispuestos a pasar una semana al sol; al tiempo, Marian y Al, que deseaban tranquilidad y descanso, creían tener preferencia para elegir por haber sido Marian la que más había pagado de todos.

Transcurrieron las 48 horas, perdieron el viaje y tuvieron que soportar que sus respectivas familias les llamasen gilipollas, aunque siempre había algún cuñado que les hacía la pelota diciéndoles que habían hecho bien no cediendo, que como en casa en ningún sitio.


Sólo un juego

Escrito por sancheztowers 29-05-2016 en Fútbol. Comentarios (0)

Soy madridista, aunque sería más preciso decir que mi equipo de fútbol favorito es el Real Madrid. Y no lo elegí: me lo legó -como a la mayoría, supongo- mi padre y luego me alineé con los amigos del colegio que también lo eran para jugar al fútbol, cambiar cromos y recitar plantillas. Pero no era más que un simple juego. No sufríamos de hipertensión antes de una final, no llorábamos las derrotas ni babeábamos con las victorias.

Ahora y después de la final de la «Champions League» que acaba de conquistar el Real Madrid por oncena vez tengo la sensación de que los de mi generación están transmitiendo a sus hijos una pasión motivada por el fútbol a la que no encuentro explicación. Es verdad que hace cuarenta años sólo veía fútbol el que iba al campo y el que trasnochaba los domingos para ver por la tele los resúmenes de los partidos y ahora para no ver fútbol hay que ser casi un anacoreta audiovisual, pero tampoco esto me parece razón suficiente para tanto fervor futbolero.

Frente a aquellos jugadores modestos y fieles a sus clubes de origen donde los fichajes eran la excepción, los de ahora son mercenarios, foráneos en su mayoría, cuyos ingresos son muy superiores (muchísimo) a los de cualquier eminencia en no importa qué sector vital para la sociedad (ciencia, arte, política, salud…). Frente a aquellos jugadores discretos, los de ahora son «vedettes» que tratan con más mimo su peinado y sus tatuajes que su forma física o técnica deportiva. En fin, frente a héroes hoy tenemos ídolos, y eso es lo que no me explico por más que lo intento.

A cuento del partido de anoche, enfrentándose dos equipos españoles que polarizan como ningunos otros las aficiones de esta zona centro de España, he visto a padres e hijos llorar desconsoladamente por la derrota del uno y tirar cohetes por la victoria del otro después de varios días vistiendo equipaciones y engalanando casas, calles y comercios con los respectivos colores de esos equipos. Y, lo que me ha parecido grave (o penoso, más bien), dando sentido a sus vidas en torno a la pertenencia a una u otra afición. El colmo ha sido leer a un conocido (uno del Atlético de Madrid), después de la derrota, que está muy «orgulloso y satisfecho por su equipo [el cual] desde hace varios años transmite valores muy positivos de esfuerzo, compañerismo y respeto por el rival, valores que se alegra de poder transmitir a sus hijos».

Muy tierno, pero muy errado. Para empezar, porque no veo ningún respeto por el rival cuando ya se consideraban justos y merecidos vencedores desde antes de comenzar el partido, sobre todo por un presunto demérito del rival (aunque nadie razona de dónde viene lo uno o lo otro), ni cuando después del partido -amén de felicitaciones poco sinceras- devalúan la victoria del contrario hablando de vergüenza y aludiendo a los clichés de siempre para con el Real Madrid (favoritismos oficiales, presupuesto, chulería, etc).

Pero, sobre todo, errado porque la vida, para cualquiera pero más para un niño, es mucho más que un equipo de fútbol (da igual el equipo en cuestión). Más aún, diría que lo importante en la vida debería excluir el fútbol porque los valores que hoy lo mueven no coinciden con ninguno de los valores y beneficios que cabe atribuir al deporte. Disfrutemos de un partido de nuestro equipo favorito, del pique sano y las puyas graciosas con los rivales y, una vez terminado -que son dos horas a lo sumo- a otra cosa que merezca la pena.

Y que todo lo dicho no merme la tranquila euforia que aún me dura desde anoche.


Plata de Ley

Escrito por sancheztowers 27-05-2016 en Castilla-La Mancha. Comentarios (0)


Acabo de recuperarme de la resaca física y emocional que me ha producido reencontrarme con mis compañeros de carrera veinticinco años después y, como si de la más adictiva de las drogas se tratase, ya estoy deseando otra dosis del compañerismo hermano que compartimos hace unos días.

Comenzaba el otoño de 1986 cuando nos juntamos en un aula que parecía inmensa unas cuantas decenas de estudiantes recién alcanzada la mayoría de edad (y algunos ni eso) para estudiar Derecho, una de las pocas carreras que podíamos cursar en aquel Toledo los procedentes del bachillerato de letras de aquella incipiente Castilla-La Mancha que aún carecía de universidad propia. No éramos conscientes de los retos que teníamos por delante, el menor de los cuales era el académico. Las asignaturas irían cayendo por el propio peso de los codos sobre el pupitre, incluyendo aquel infumable Derecho Romano; pero también nos tocaba afrontar el cambio social que, en todos los órdenes, acababa de iniciar Españay que no iba a ser nada fácil.

Fue probablemente esa inconsciencia la que nos permitió entonces disfrutar inocente y alocadamente de aquellos cinco años de carrera estudiando cuando tocaba, enamorándonos cuando llegaba y dando vida de lunes a domingo a una ciudad que había carecido de ella. «El Miradero», los bares de la calle Alfileritos, la «Gris» y la «Sithon’s», esa inolvidable música de finales de los ‘80 y principios de los ‘90… Y la Tuna, por supuesto. Este fue el caldo donde cultivamos, sobre todo, ilusiones de futuro. Luego nos licenciamos, nos desperdigamos y durante veinticinco años intentamos convertirlas en realidades en nuestras distintas andanzas personales y profesionales.

Podría pensarse que fuimos unos más de todos los miles que, año tras año, empiezan y acaban distintas carreras. Es posible. Pero para mí y para mis compañeros fue una etapa dorada y única en la vida; tanto que en la mayoría de nosotros seguía latiendo la inquietud de lo inacabado, de lo pendiente. Y, así, bastó la simple y oportuna mecha encendida por Antonio para prender en pocos días la inevitable traca del reencuentro.

Acudimos a ella ansiosos y emocionados, repartiéndonos besos y abrazos sin medida y picoteando de todos los grupos y conversaciones como en esos bufés libres en los que nada queda sin probar. Parecíamos no haber cambiado desde que en 1991 nos retratásemos para la orla y recogiéramos el título de licenciados en Derecho. Sí, había plata en algunas cabezas y oro en muchos dedos anulares, bastantes cinturas necesitaban de algún que otro agujero adicional en el cinturón y, salvo alguna excepción, finalmente nuestra contribución al Gran Cambio parecía modesta, a lo sumo. Pero lo inmutable estaba en nuestros ojos y en nuestras risas: la ilusión de entonces no había desaparecido. El reto de lo que aún nos queda por dar y por hacer.

Aunque a algunos de todos esos compañeros los había seguido tratando por cercanía profesional y territorial y a algunos otros los había visto ocasionalmente, fuera de contexto, no ha sido hasta ahora que he sentido la conexión que nos une desde entonces. Es como si el paisaje hubiera cambiado haciéndose más nítido, más cercano. Como si supiera de forma casi precognitiva que a lo largo de los próximos años vamos a tenernos mutuamente presentes en los retos particulares de cada uno para coronar con éxito una promoción que será Oro puro de Ley.

Mientras tanto sólo espero que no pase demasiado tiempo hasta la próxima reunión.


Somos alguien. Somos todo.

Escrito por sancheztowers 07-05-2016 en Castilla-La Mancha. Comentarios (0)


Las sombras son grises. Tienen una infinita gama de tonalidades de oscuridad acorde con la luz circundante, pero no llegan nunca a ser negras. Porque el negro es la ausencia total de luz y es la luz, precisamente, la causa de las sombras. Sin luz no hay sombras, objetos ni personas; sólo la nada invisible.

Pero ayer vi la nada capturada por un flash en el instante eterno de una fotografía. Vi su negritud en unos monstruosos ropajes que absorbían, tragándosela, toda la luz de la razón y el alma humana sin las que somos nadie.

La nada es negra como un burka. Como el petróleo. Como la tinta hipócrita de un cheque de doscientos mil dólares.

Sombras desconcertadas

Escrito por sancheztowers 21-02-2016 en política. Comentarios (0)


Jaimito no era hijo único.

Jaimito tenía un hermano mayor, Juanito, que estaba muy apegado a la familia y continuaba viviendo con sus padres y trabajando con ellos en el pequeño negocio familiar de venta de verduras (no en vano los padres eran vegetarianos, cosa que a Juanito le repateaba bastante pero aceptaba con resignación). En cambio, Jaimito había salido muy independiente y algo desarraigado, en opinión de sus padres, ya que se fue pronto de casa y montó su propio negocio de envasado de alimentos que marchaba viento en popa.

El caso es que, con el fin de fomentar la armonía familiar y que sus hijos no perdieran el contacto entre ellos, los padres de estos muchachotes les invitaban todos los domingos a comer en el restaurante de un conocido en el que habían invertido y que, entre otras cosas, servía verduras del huerto familiar. Sin embargo, como vegetarianos y empresarios que eran, la invitación no era todo lo altruista que parecía, ya que les daba 20 € a cada uno para gastarlos en comer verdura.

Juanito, acostumbrado como estaba, no tenía mayor inconveniente en dar satisfacción a sus padres pidiendo su correspondiente plato verde de 20 €. Jaimito no: Jaimito pedía el mismo plato que su hermano pero lo acompañaba de un suculento solomillo de ternera aunque, claro está, para pagar su menú tenía que arrimar dinero de su bolsillo.

Cuando llegó a oídos de sus padres la “rebelión” de Jaimito sintieron cierto malestar, pero lo toleraron porque, a la postre, esa reunión semanal contribuía a su objetivo de mantener la unión familiar y los 40 € que daban a sus hijos revertían indirectamente al negocio; más aún: el dinero extra que gastaba Jaimito también les beneficiaba por mor de la inversión que habían hecho en el restaurante donde comían.

Pero el tiempo pasó, los padres de Jaimito y Juanito se hicieron mayores, no pudieron o supieron adaptarse a los cambios naturales del mercado y el negocio de verduras se resintió, cosa que no sucedió con el de Jaimito, joven y previsor. Y pasó lo que tenía que pasar: el resentimiento y, por feo que parezca, la envidia, todo ello disfrazado por los padres de Jaimito con reproches a éste por comer carne con el dinero que le daban y hacerlo en las narices de su hermano, que seguía fiel al vegetarianismo. Así que tomaron la decisión de no seguir dándole los 20 € para la comida de los domingos: –Si quieres comer carne, te la pagas tú. –Le dijeron.

Y, por supuesto, de nuevo pasó lo que tenía que pasar: Jaimito se fue a comer, solo, a otro restaurante donde continuó pidiendo su solomillo acompañado de verduras, pero ya no eran las verduras que cultivaba su familia ni el restaurante donde habían invertido.


EPÍLOGO: El negocio de la familia, “Huertos Familiares S.L.”, está actualmente en concurso de acreedores, pagándoles a estos como puede pequeños porcentajes de la deuda que tiene contraída con ellos, a la espera de la liquidación definitiva.

MORALEJA: Es un barrio pijo de Madrid. Y es también el problema de la educación concertada en España, que no es una subvención a colegios privados, sino una inversión o, al menos, el precio por obtener del sector privado unos servicios fundamentales que la burocracia descentralizada, obligada a ofrecerlos, no es capaz de prestar. Y ahora, tarde y sin medios, quiere hacerlo. La pregunta es por qué, cuando nadie discute la calidad de la educación que se presta en los colegios concertados y, además, es más barato. Y la respuesta es sencilla, al menos para mí: el control, la doctrina, el pensamiento único. La dictadura de las ideas imprimida desde la infancia, para hacerlas indelebles, genialmente retratada por Pink Floyd en The Wall (El Muro) hace casi 40 años.